El cuarto triunfo de Lula

El triunfo de Lula da Silva en el balotaj merece algunas consideraciones en cuanto al impacto sobre la Argentina de Javier Milei. La primera es el pragmatismo de Milei, que es tanto como el idealismo que se desprende de sus expresiones. En sus casi tres años de gobierno, la relación comercial entre la Argentina y Brasil no solamente  no se contrajo sino que se mantuvo o hasta creció. Más aún, a pesar de sus expresiones contra los proteccionismos, la mitad del intercambio se debe al mercado automotriz. Para ilustrarlo vale aclarar que lo mismo puede decirse de la relación con China, que se mantuvo en volúmen y mejoró en materia de saldo favorable. Si Milei es pragmático, mucho más es lo que puede decirse de Lula, que es un clásico exponente de la dirigencia socialdemócrata europea. Por más que durante este último período se lo vio más descentrado, en la campaña y en el mensaje de anoche emitió señales inquívocas de que en el venidero su vicepresidente, Geraldo Alkmin -un experimenta...

Em nome de Deus


La competencia electoral brasilera dejó unas cuantas lecciones para la Argentina. Veamos las principales.

La primera es comprender lo que significa Jair Bolsonaro en Brasil. A diferencia de la presidencia de Mauricio Macri -que alcanzó la Presidencia desde fuera de la política-, el brasilero cultiva desde el principio un estilo antisistema. Actualmente, mantiene diferencias con todas las grandes instituciones de su país. Bolsonaro ya no representará la oposición política en su país sino el movimiento antisistema; de hecho, el sitio de los camioneros en 160 bloqueos no se diferencia mucho de la toma del Capitolio que sucedió tras la derrota de Donald Trump en los Estados Unidos.

La segunda es que con ésta derrota los oficialismos cosechan una quincena de fracasos electorales. Otro síntoma epocal de hartazgo social. Lula tuvo que hacer contorsiones similares a las que tuvo que hacer Cristina al nominar a Alberto Fernandez como candidato presidencial, ya que su vice no se familiariza mucho con su ideario político. Nuevamente, se batió el sistema contra el antisistema; mala noticia para el sistema: el resultado fue muy ajustado.

La tercera es la partición regional que produjeron los resultados. En 1992 escribí una columna en el diario La Prensa en la que anunciaba la existencia de un movimiento gaúcho que promovía la secesión de la República Federativa do Pampas -correspondiente al sur del país- del Brasil, con el argumento de que el Sur mantiene económicamente al Norte. Esa discusión se vio reflejada en la votación: Bolsonaro ganó en el Sur; Lula en el Centro y en el Norte. En aquel momento hablábamos de una fragmentación interna de los Estados Nacionales en paralelo a una continentalización de los bloques. Treinta años más tarde podríamos decir que hace falta poco más para que esos procesos se cristalicen.

La cuarta es la participación de Dios en la contienda. Todos quisieron apropiarse de él. Bolsonaro se apoyó en los cristianos evangélicos pero hizo hincapié en su Fe católica, lo que también pudo hacer su rival del PT. Los debates se han ideologizado ya no desde el costado económico, como en el siglo XX, sino que se han recostado en cuestiones puramente humanísticas. Esa es la brecha que separa las ideas de unos y otros en este nuevo milenio.+)

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