El arrebato

El manejo del tiempo es una variable cuya incidencia en política es decisiva. De la misma manera que una receta de cocina no se limita a contar con los ingredientes precisos sino que requieren para elaborar un plato, además de respetar un procedimiento determinado y, según recomendarían las abuelas, un momento exacto para su cocción, en la política hay que tener poder, los atributos visibles del poder y saber utilizarlos en el momento exacto de modo tal de no forzar el proceso y fallar en la consecución de los objetivos. Pero, tal como solemos insistir, al presidente Javier Milei no le agrada la política y, por más que entienda acabadamente cómo funcionan sus mecanismos, no siempre dispone de la paciencia que requiere este complejo arte. Dijimos en nuestra última columna que tenía una gran oportunidad con la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso para establecer una agenda de profundas transformaciones. Pero Milei prefirió tensar con la oposición y convertir un año de gestión...

Em nome de Deus


La competencia electoral brasilera dejó unas cuantas lecciones para la Argentina. Veamos las principales.

La primera es comprender lo que significa Jair Bolsonaro en Brasil. A diferencia de la presidencia de Mauricio Macri -que alcanzó la Presidencia desde fuera de la política-, el brasilero cultiva desde el principio un estilo antisistema. Actualmente, mantiene diferencias con todas las grandes instituciones de su país. Bolsonaro ya no representará la oposición política en su país sino el movimiento antisistema; de hecho, el sitio de los camioneros en 160 bloqueos no se diferencia mucho de la toma del Capitolio que sucedió tras la derrota de Donald Trump en los Estados Unidos.

La segunda es que con ésta derrota los oficialismos cosechan una quincena de fracasos electorales. Otro síntoma epocal de hartazgo social. Lula tuvo que hacer contorsiones similares a las que tuvo que hacer Cristina al nominar a Alberto Fernandez como candidato presidencial, ya que su vice no se familiariza mucho con su ideario político. Nuevamente, se batió el sistema contra el antisistema; mala noticia para el sistema: el resultado fue muy ajustado.

La tercera es la partición regional que produjeron los resultados. En 1992 escribí una columna en el diario La Prensa en la que anunciaba la existencia de un movimiento gaúcho que promovía la secesión de la República Federativa do Pampas -correspondiente al sur del país- del Brasil, con el argumento de que el Sur mantiene económicamente al Norte. Esa discusión se vio reflejada en la votación: Bolsonaro ganó en el Sur; Lula en el Centro y en el Norte. En aquel momento hablábamos de una fragmentación interna de los Estados Nacionales en paralelo a una continentalización de los bloques. Treinta años más tarde podríamos decir que hace falta poco más para que esos procesos se cristalicen.

La cuarta es la participación de Dios en la contienda. Todos quisieron apropiarse de él. Bolsonaro se apoyó en los cristianos evangélicos pero hizo hincapié en su Fe católica, lo que también pudo hacer su rival del PT. Los debates se han ideologizado ya no desde el costado económico, como en el siglo XX, sino que se han recostado en cuestiones puramente humanísticas. Esa es la brecha que separa las ideas de unos y otros en este nuevo milenio.+)

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