En los últimos meses hemos visto un cambio sensible en la visibilidad de la cuestión de las islas Malvinas, en contraste con los últimos años cuando se había percibido una suerte de desmalvinización.
Recientemente, el periodista Santiago O'Donnell recordó que una de las derivaciones de las filtraciones de Snowden había dejado al descubierto una operación de inteligencia británica que tuvo como objeto la desmalvinización, y que evidentemente habría obtenido éxito.
En abril de este año un cable de Reuters dio a conocer un cable presuntamente confidencial del Departamento de Estado en el que se analizaba el cambio de postura de los Estados Unidos con respecto a la soberanía en las Malvinas, como una represalia a la falta de compromiso de Inglaterra en las operaciones militares de la NATO.
Esto sucedió a poco de que trascendieran rumores relativas a conversaciones entre funcionarios ingleses y argentinos al respecto, y durante una gestión, la de Javier Milei, muy alineada con los Estados Unidos y que exhibe un sensible proceso de rearmamento.
A fines de julio se produjo una extraña invasión de emigrantes marroquíes al enclave español de Ceuta. No es un dato menor el hecho de que en marzo el gobierno de Pedro Sánchez formalizara la prohibición del uso de las bases militares de Rota y Morón, así como el cierre del espacio aéreo español a cazas, bombarderos y aviones cisterna de Estados Unidos afectados a operaciones militares en Medio Oriente, en plena escalada bélica contra Irán. Una decisión que provocó fuerte malestar en la Casa Blanca y en el Pentágono, forzando al mando estadounidense a reconfigurar rutas de vuelo más largas.
De la misma manera que, en su momento, los europeos sospecharon que el gobierno de Marruecos hubiera acordado esa invasión con la administración Trump, esta actitud argentina podría ser deseada por los Estados Unidos desde que el primer ministro británico Keir Starmer rechazó la solicitud del presidente Donald Trump para utilizar bases militares bajo soberanía o jurisdicción británica —específicamente la base de RAF Fairford, en Gloucestershire, Inglaterra, y la base estratégica de Diego García (en el archipiélago de Chagos, océano Índico)— para lanzar ataques de bombarderos pesados y operaciones ofensivas contra Irán.
Aunque el gobierno británico flexibilizó su posición semanas más tarde, Trump arremetió semanas atrás en una racha de declaraciones periodísticas orientadas a revisar su posición en Malvinas, primero, y desear la reunificación irlandesa, después, lo que provocó un pronunciamiento de los tres líderes indepentistas de Irlanda del Norte, Gales y Escocia, que casualmente gobiernan sus países.
A ese ritmo parecía que la Asamblea General de las Naciones Unidas sería el escenario de algún episodio en esa misma línea pero, por el contrario, Trump se mostró muy amigable en una reunión con el primer ministro británico. Pero también firmó con Dinamarca un acuerdo por Groenlandia, en el Artico, que va en línea geopolítica con lo reclamado en el Atlántico Sur.
No obstante, Milei aprovechó su alocución para parangonar la situción de Malvinas con la de aquellas naciones británicas y a presionar con sanciones a las empresas que operaran el neogocio petrolífero en la cuenca que está bajo el control británico.
Cabe recordar que su primer discurso lo realizó horas después de encontrarse con la Subsecretaria de Estado norteamericana en Chile. Allí anunció también la construcción de la Base Naval Integrada, en el predio que visitara hace poco la jefa del comando sur de los EE. UU., dejando en evidencia que el asunto pasa más cerca del estrecho de Drake que de Puerto Argentino.
Es difícil aventurar que todo esto derive en un cambio soberano sobre las islas, pero lo que ya sucedió es un paso adelante: Argentina pudo rearamarse con autorización norteamericana y sin apelar a terceras potencias, avanza con su reclamo en forma vehemente y Estados Unidos pone en duda las posiciones europeas de ultramar.+)

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