Brasil: 250 años de tensiones

Tengo una mala noticia: no fue de casualidad; no fallé cuando viniste y tú no quisiste fallar, cantaría Coti Soroquín en ese hitazo  que canta sobre una relación casual.  Así es, no fue de casualidad. Este 1 de agosto van a ser 250 años desde que Carlos III de España decidió crear el Virreinato del Río de la Plata para poner un freno al avance portugués sobre lo que actualmente es la República Oriental del Uruguay. El rey español puso su capital en Buenos Aires, justo frente a la llamada Banda Oriental. El puerto de agua barrosa y de escaso calado era la salida al Atlántico más recomendable para las mercaderías americanas que debían enviarse a la Metrópoli. Pero también empezaba a ser muy visitada por los contrabandistas ingleses. Además, la joven urbe se había convertido en la ciudad más populosa y dinámica del nuevo virreinato. La mala noticia aquí es que el presidente Javier Milei desestimó los 40 años de esfuerzos por la paz regional -que también derivó en beneficios econó...

Aislada



La salida de Fábrega desnuda la peligrosa debilidad de Cristina


Por Ignacio Fidanza, lapoliticaonline.com.ar

Aislada, la Presidenta ya no consigue colaboradores de nivel. La radicalización como máscara del fracaso.
La renuncia de Juan Carlos Fábrega al Banco Central -anticipada en exclusiva por LPO-, agravó el espanto de un peronismo, que no encuentra la manera ni el momento de marcar distancia con un gobierno que parece empeñado en conducirlo a la derrota.
Esa fue al menos la lectura de los gobernadores más gravitantes de esa fuerza que hoy cruzaron diálogos, impactados por la decisión de Cristina de concentrar el poder en su ministro de Economía.
Axel Kicillof completó hoy el dominio de todo lo que importa del área económica. El precario Vanoli asume bajo la impronta de su liderazgo, que logró barrer con el último retén importante de racionalidad que quedaba en el Gobierno.
Pero una vez más, fue Scioli el que marcó los tiempos: “Yo no puedo romper, tengo que esperar”, afirmó.
Y ese es el debate en el peronismo en este momento. No se trata de definir si hay que marcar distancia o directamente romper con el kirchnerismo, sino de cuando es el momento más indicado para hacerlo. Se hacen cálculos. Un sentido común que circula es: Hay que esperar hasta el año que viene, otros creen por lo menos hasta marzo.
La fecha no es casual. En marzo terminan las vacaciones y van a faltar solamente dos meses para el cierre de listas de junio.
Lo que se mide es cuanto le queda de poder a este Gobierno para hacer lo que más le gusta: Destruir a los díscolos. La misma cuenta se desarrolla en el sector empresario. Nadie quiere ser el valiente, que se convirtió en el estúpido, que dio el paso adelante sólo y recibió todos los cachetazos.
La radicalización de Cristina esconde en rigor una debilidad típica de fin de ciclo, que este Gobierno está procesando muy mal. Lejos de resignarse y acomodar lo que se pueda acomodar, la apuesta parece ser incendiar la pradera.
Una pulsión muy poco generosa, que sumida en su propia lógica, acaso imagina que extremar las contradicciones es la vía más directa para fidelizar la base política y empezar a construir un relato de la resistencia, que permita sobrevida a la hora de dejar el poder.
Impulso destructivo que se combina con los condicionantes objetivos de todo fin de ciclo, que es sabido, repercute negativamente en la calidad profesional que se consigue para transitar los últimos meses. Por eso, Vanoli es menos que Fábrega y el entrerriano Sergio Urribarri se negó a aceptar el puesto que su par chaqueño asumió diez meses atrás con entusiasmo. Hoy es difícil que algún gobernador quiera rifar su poco o mucho futuro político en una aventura de horizonte muy cercano.
Este desgaste del material humano impacta y se combina de mala manera con el enojo que provoca la inexorable pérdida de poder. Los debates se empobrecen, la gestión pierde calidad y la Presidenta apela a los más incondicionales, profundizando un aislamiento que hasta aquí no fue buen consejero.
Pero conviene ser prudente en las proyecciones. Cristina ya dio sobradas muestras que si hay algo que no la condiciona es la coherencia. Ya tuvo sus fases de neo chavismo y ante el espanto retrocedió y lo hizo en forma. Echó a Guillermo Moreno y cerró con Repsol, el Ciadi y el Club de Paris en hoja de ruta de reingreso a la racionalidad, que el fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos convirtió en papel quemado.
Ahora, estamos en otra fase de despecho y enojo que puede ser la textura que predomine en lo que le queda de Gobierno o apenas otro berrinche hasta que una nueva crisis muestre a Cristina esos abismos que hasta ahora, la aconsejaron mejor que los sueños revolucionarios.

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